En octubre, recibí un mensaje de un amigo que está
viviendo en España, pidiéndome que hablara en el Pío porque en enero venía
a Uruguay y quería bautizar a su hijito. Las cosas salieron como se había
planeado, y luego compartimos el festejo con sus familiares de acá y su
nueva familia española.
A lo largo del tiempo,
se han ido repitiendo historias similares que involucran al Pío. Los
inmigrantes europeos, los estudiantes del interior, las familias del
barrio, siempre tuvieron razones para regresar. Motivados por la nostalgia
o pensando en el futuro.
En ese
sentido, el Colegio se ha asemejado a una especie de puerto, donde la
gente regresa buscando viejos amores, buscando respuestas o
aprontándose para seguir su travesía.
Cuando
se organiza una reunión familiar o entre amigos, siempre los dueños de
casa ponen un poco más para que las cosas salgan, aunque después se
compartan los gastos. Formalmente, el Colegio Pío pertenece a los
salesianos, pero muchos de los que vivimos en esta zona sabemos
que es bastante más que un centro educativo y es un patrimonio en
común. Somos nosotros los que tenemos que seguir haciendo de él un
puerto al que siempre la gente quiera volver, como Alejandro Ruglio, de
la generación 84 y tantos otros que te vengan a la memoria.
Alejandro França