Hace
unos días, leí en
una de las noticias del Facebook que una amiga paraguaya se había
integrado a un grupo sobre la Guerra de la Triple Alianza. Me dio un poco de vergüenza
el recordar que mi país estuvo involucrado en un episodio
tan negro.
Pero,
después de todo, sería absurdo que alguien nos vinculase a aquel
suceso de 140 años atrás, solo por el hecho de ser uruguayos. Lo
mismo pasaría, si nosotros le quisiésemos pasar factura a alguien por los
antecedentes coloniales o bélicos de su país.
No
somos responsables de lo que hace gente con la que compartimos una
nacionalidad, una profesión, un grupo social. De forma tal que no es justo
generalizar.
Hace mucho más ruido cuando alguien hace algo
abiertamente distinto a lo que dice ser. Esas situaciones son
aprovechadas, generalmente, para tratar de desacreditar a toda
comunidad o una organización, extendiéndole la calificación de falsa o
hipócrita.
Pero, como dice el dicho, se ven las caras pero no
los corazones. Si alguien dice ser hincha de un equipo, pero se alegra
con los triunfos del "tradicional rival", en realidad piensa
de una forma aunque diga lo contrario. La gente que vota a un partido,
confía en un representante que dice tener determinadas ideas, pero este
luego puede estar fingiendo su condición, para llegar a determinado
lugar.
Nos gusta un deporte por los jugadores
habilidosos, por los que igual juegan lesionados. Nos gusta a pesar de que hayan
tramposos o quienes solo buscan el interés personal.
Del mismo modo, cuando adherimos a una ideología o
a una Fe, tenemos que guiarnos por a aquella gente que vive de acuerdo
con las ideas que declara defender, para ver el fruto que resulta de
cada opción.
Nuestra responsabilidad se limita (y eso ya es
bastante) a tratar de ser coherentes y a apoyar a quienes lo son, más allá de
nuestras limitaciones y dificultades. Si pensamos que algo es verdadero,
tenemos que defenderlo, independientemente de los anti-testimonios que
nunca van a faltar.
Alejandro França